18 octubre 2009 Opinión, Padres y madres

madre e hija

Cuando somos madres descubrimos que podemos ser leonas, lobas, tigresas en la defensa de nuestros hijos, hay muchos puntos de contacto entre lo que consideramos la fuerza instintiva de la maternidad animal y la nuestra, tan ¿civilizada?

Nos cansamos mucho más, porque hacemos infinitivamente más cosas que las que realizábamos antes de ser madres. Nuestros cuerpos femeninos han dejado de ser sólo nuestros. Ahora son refugio y consuelo de criaturas indefensas, sedientas y con hambre, no solo de leche, sino también de latidos, olores. Caricias y palabras suaves y llenas de amor. Abrimos nuestros brazos y apretamos contra nuestro pecho a esos que nos prometen un futuro de amor y trabajo, si podemos convertirnos en sus atentas y respetuosas guías.

El sentimiento que vemos nacer en nosotras es tan profundo, tan nuevo e intenso que nos parece que jamás podremos amar a otro ser como a éste. Más tarde, si tenemos la fortuna de volver a ser madres, nos daremos cuenta de que el amor se renueva, se multiplica y que surge de una misteriosa fuente que nunca se agota.

Nos convertimos, en cierta forma en madres universales; ya no podremos soportar que alguien le haga daño a un niño y saldremos a defenderlo como si fuera hijo nuestro.

Tanto si éramos metódicas y obsesivas como si vivíamos en un soportable desorden, un nuevo estado de cosas se impone cuando nos convertimos en madres. Dormimos poco, en guardia, y cuando podemos; perdemos el asco ante las manifestaciones fisiológicas de nuestros hijos y nos sentimos aliviadas cuando los vemos sanos. Nos enamoramos de su risa, memorizamos canciones para distraerlos de su aburrimiento, les contamos cuentos para ayudarlos a dormir, los consolamos después del pinchazo de las vacunas, aunque nuestro corazón esté tan encogido como el de ellos.

Desarrollamos plenamente la habilidad femenina de hacer y pensar varias cosas al mismo tiempo (¡y bien!). Adquirimos sabiduría en balancear proteínas, carbohidratos y grasas, con lo que hay en la heladera. Disfrazamos vegetales, inventamos bocadillos de espinaca cuyo colorido recuerde la primavera. Nos convertimos en traductoras de sus palabras y de sus estados de ánimo. Aprendemos a jugar de nuevo a ver las nubes, los pájaros, las flores. Ya no podemos imaginarnos el mundo sin ellos.
¿Y que hay de las otras facetas de nuestras personalidad, de las otras actividades de nuestras vidas, de nuestras parejas? Solemos ser lo suficientemente inteligentes y sensibles como para aprender a revalorar los momentos de intimidad con nuestros compañeros sentimentales. Las conversaciones con adultos que articulen su pensamiento son un bálsamo que nos recuerda nuestra femenina multiplicidad.

Tal vez este sea el momento de echar un vistazo hacia atrás, esbozar una sonrisa y agradecer a esa mamá gracias a la cual pudimos ser madres nosotras mismas.
Feliz día a todas ustedes, a todas mis compañeras que ya son madre, y a las que no por ser ‘potenciales madres’. Y si me permiten, quiero agradecerles a Lucas, Gregorio y Julieta (mis hijos) que me han hecho tremendamente feliz y me han permitido sentir cosas que sin ellos jamás sentiría. ¡Feliz día mamá!

Imagen | Madres – Hija

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